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Residencias alternativas: casi tan buenas como los pasaportes

En el mundo offshore se habla mucho de los segundos – y múltiples – pasaportes. Pero ser residente en países de ultramar también puede llegar a ser una pieza imprescindible de nuestro kit de supervivencia global, en un mundo en el que los gobiernos han declarado la guerra a la libertad individual, a la privacidad y en el que impera la rapacidad fiscal legalizada sin derecho a reclamación.

Los seguidores de la cultura PT y de las obras del Dr. W. G. Hill saben muy bien que no es lo mismo ciudadanía (el país de nuestro pasaporte) que la residencia, esto es, el país en el que se acredita que vivimos, y normalmente pagamos impuestos.

Existe actualmente abundante literatura sobre ciudadanía y residencia, y no digamos información en la red. Los libros del Dr. Hill han dado paso a las ediciones actualizadas de Adam Starchild, Robert E. Bauman o Mark Nestmann. En Internet son referencias obligadas: The Sovereign Man (Simon Black) o The Interntional Man (Doug Casey).

Obtener legalmente otros pasaportes distintos al propio puede ser lento y costoso, a través de los múltiples sistemas existentes, desde la ciudadanía por parentesco hasta la ciudadanía económica. Pero también existe la posibilidad de obtener la residencia en diversos países del mundo. Y con ello obtener una tarjeta de identidad y aprovechar las ventajas sociales, culturales o fiscales de esos países.

Además, obtener la residencia es normalmente mucho más económico que obtener la ciudadanía. Y es un primer paso, puesto que automáticamente, en muchos casos, empieza a contar la cuenta atrás para, al cabo de unos años y cumpliendo ciertas condiciones, obtener la ciudadanía, doble, o triple. No hay límites a la imaginación, para los que de verdad desean tener un “Plan B” en este revuelto mundo.

Ser residente en otro país nos da derecho a salir del nuestro cuando nos plazca y a tener derecho a residir en el otro. Es una materialización de la libertad de movimiento y de elección.

La residencia acreditada en otro país, a condición de obtener el preceptivo certificado de sus autoridades fiscales conforme se está sujeto a tributación en el mismo, es el primer paso para dejar de ser residente fiscal en nuestro país de origen. Si en ese país no se tributa por las ganancias generadas en el extranjero, o bien por los ingresos pasivos, o bien no existe la tributación del patrimonio o de las sucesiones, pues ya podemos empezar a apreciar las ventajas que todo ello nos puede reportar.

Y las oportunidades se hallan a la vuelta de la esquina. Aunque cambian constantemente y resulta imprescindible hallarse bien asesorado por expertos que mantengan rigurosamente actualizada su información. Dar unos consejos a la vez universales y detallados en este post sería un objetivo fuera de alcance por lo que nos limitaremos a un breve repaso de la situación actual.

En un mundo occidental más amenazado que nunca, los países de Latinoamérica y Asia abren sus puertas a un sinfín de posibilidades de obtener la residencia en ellos. Aunque también en la Unión Europea, existen posibilidades para las personas de otras partes del mundo que añoran una tarjeta de identidad de la UE que les abra las puertas del espacio Schengen, por cierto cada vez más amenazado.

Empezando por Europa, España ha ingresado hace poco en el club de los países que ofrece la residencia por aportación e inversiones, puesto que con una inversión de 500.000 € en vivienda, el Gobierno ofrece la residencia. Parece que la medida ha tenido éxito entre inversores chinos y de países del Este; pero desde aquí no podemos recomendarla. El que lo haga se expone a ser víctima de la voracidad fiscal doméstica por un lado y de la inseguridad ciudadana reinante en el país por otro (ladrones, ocupas, en fin….). No. En España, no sea propietario, es nuestro consejo.

Otras puertas para obtener la residencia en la UE se hallan en Bélgica, Estonia, Lituania, Irlanda, Portugal….. y ¿cómo no? Andorra. Sin olvidar Chipre y Malta. Cada uno con sus dificultades, ventajas e inconvenientes, variables en el tiempo, pero ahí están.

Latinoamérica, lejos de la Europa abrumada por el terrorismo y las olas migratorias, ofrece estupendas posibilidades de obtener la residencia. Paraguay fue durante años un país muy abierto a nuevos residentes y con trámites sencillos y rápidos. Pero el número de estafas y conflictos ha acabado pronto con ese momento. Hoy es más difícil. Muchos expertos señalan que Chile y Argentina son actualmente las mejores opciones. Seguidos por Colombia y Ecuador.

En Centroamérica, Panamá ofrece programas especiales para “países amigos” en los que se facilita la obtención de residencia y el acceso a importantes ventajas fiscales.

En Asia, Malaysia se ha distinguido por la puesta en marcha del programa “My Second Home”. Al igual que Filipinas, que pretende atraer a los pensionistas de todo el mundo, con atractivos paquetes de ventajas. Singapur, el país de destino de Eduardo Saverin, cofundador de Facebook, cuando se expatrió de los USA ofrece también programas de residencia, aunque se requieren no pocos condicionantes.

Para los que disfrutan de actividades profesionales no fijadas a un establecimiento, no es nada descabellado plantearse una residencia distinta a la ciudadanía. Las ventajas pueden ser muy relevantes. Es nuestra segunda bandera.

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Residencia y domicilio: la Segunda Bandera

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La que denominamos Segunda Bandera de los PT’s, la de la residencia y el domicilio ofrece muchas alternativas, pero es tan imprescindible como la primera. Como principio de partida, todo PT debe obtener un permiso de residencia en un país distinto al de su nacionalidad (o ciudadanía), es decir, de donde tiene pasaporte. Si nos remontamos a los primeros escritos de Harry Schultz, en su teoría de las tres banderas, la residencia debe ser en un lugar que tenga las características de un paraíso fiscal para personas físicas.

Años más tarde, allá por los años 80, cuando se encontraron Harry Schultz y W. G. Hill, el primero había manifestado ya en diferentes escritos que disponer de una residencia oficial podría no ser necesario ni tan siquiera recomendable, ya que hasta el mejor paraíso fiscal puede cambiar sus reglas. Hacia 1985 se había posicionado totalmente a favor de que ningún gobierno tuviese su registro. Tras su experiencia de 25 años como PT, concluyó que el único momento en que se precisa contacto con un gobierno es aquél en el que expiden tu pasaporte. Una vez obtenido, ya se puede abandonar con presteza el país en donde se ha obtenido.

Residencia y domicilio son dos conceptos que son fundamentales en nuestra relación con Hacienda, ya que en función de dónde provienen nuestros ingresos y de nuestro lugar de vida habitual determina la cantidad de impuestos a pagar. Cada país tiene definido en su legislación fiscal los criterios para determinar si una persona, nacional o extranjera, debe considerarse residente, y por tanto residente fiscal, en ese país. En España, por ejemplo, Hacienda considera residente fiscal, y por tanto sujeto obligado tributario, a todo aquél que permanezca más de 183 días en territorio español, pero también a todo aquél cuyo principal núcleo de actividad económica esté en España. Dado que lo primero es actualmente complejo de comprobar en el espacio abierto europeo, Hacienda prefiere centrarse en lo segundo, es decir en investigar de dónde provienen realmente nuestros ingresos.

Es posible cambiar de residencia, e incluso documentarlo adecuadamente para demostrarlo ante Hacienda, pero son bien conocidos los casos de famosos deportistas, actores y cantantes que sólo residían en Andorra, Mónaco o Suiza sobre el papel, y eran constantemente aireados por los medios paseándose por España. Debemos partir siempre de considerar la inteligencia del adversario, en este caso nuestro derrochador gobierno, y por tanto, cuando abordemos un cambio de residencia éste debe ser real y demostrable, no hay otro camino.

Como ya puede fácilmente suponerse, dejar de ser residente en nuestro propio país, y dejar de presentar la “querida” declaración de Renta no es sencillo. Las autoridades fiscales te consideran por defecto residente hasta que no se presente un certificado emitido por las autoridades fiscales del nuevo país al que nos hayamos trasladado, en el que se acredite que somos residentes efectivos y que pagamos impuestos allá. Aún y así, la legislación establece claramente que si el país de destino se halla en la lista de paraísos fiscales establecida por la propia ley, la obligación de tributar se extiende hasta cinco años después de haber abandonado España.

Por este motivo, el plan del Dr. Hill no es tan sencillo. Propugna no residenciarse en ningún país y adoptar el status de turista no permaneciendo más de tres meses en el mismo país. Si ningún gobierno nos registra en sus archivos, habremos alcanzado el óptimo perfil bajo tan deseado y desapareceremos de todas las bases de datos.

Considerando las posibilidades reales, es posible residenciarse en otro país con un tratamiento fiscal más favorable que España, la cual está empezando a alcanzar la barrera de los impuestos confiscatorios en lo que a clase media se refiere, como podría ser Irlanda, Bulgaria, Letonia o Portugal, ninguno de ellos paraíso fiscal según la ley actual. Y, claro, ello implica marchar a vivir, trabajar y estar en ese país los períodos necesarios para justificarlo adecuadamente. A continuación, una vez obtenida la documentación y superado el escollo de la obligación de seguir tributando durante cinco años, ya es posible trasladar la residencia a un auténtico paraíso fiscal de personas físicas como Mónaco, Andorra o Bahamas. O simplemente dejar de rellenar impresos e iniciar nuestra vida seminómada de turista perpetuo, siempre y cuando dispongamos de una ocupación virtual que nos procure el sustento…. O vivir de renta..